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Eterno retorno

Es tan breve la estancia
en esta tierra de acebos,
de sidra y de agua,
y es tan lato el erebo
que la orilla opuesta baña,
tan dispendioso el impuesto
que el alma ha de satisfacer
al guardián de la bocana
–por transportarla a través
de lagunas desangeladas–
que a veces me asalta la sensación
de ser un mero peón
del tablero de ajedrez.

¿A qué se debe este eterno retorno,
este sempiterno volver a empezar...?
¿Todo acontece por casualidad,
o por el contrario todo obedece
al Principio de Causalidad...?:

¡He aquí la cuestión!
Resultaría ilógico pensar
que la previsora Naturaleza
deja todo a merced del azar,
sin intervención alguna por su parte.
Pero, ¿quiénes somos en realidad...?

¿Somos, acaso, simples engranajes
de la gigantesca Rueda de la Vida...?
¿Somos, quizás, instrumentos,
ejecutándose a voluntad
de anónimo orquestador...?
¿Somos asimismo reos
de nosotros mismos...?

Lo dejo al discernimiento del lector.

© María José Rubiera Álvarez

La Noche de San Juan

En la noche más mágica
y a la par más corta
de la Estación Estival,
acuden a mi memoria
las fantásticas leyendas
–en extremo fascinantes–
que para delicia mía
sin escatimar detalles
familia y amigos relataban.
Leyendas atávicas, ancestrales,
transmitidas de boca a oreja
generación tras generación
por gente sencilla, llana,
que de forma paulatina
pasaron a formar parte
de la memoria colectiva.
Leyendas a rebosar de misterio,
en las cuales se detalla
que en La Noche de San Juan,
gnomos, sílfides, hadas, xanas
y demás espíritus de la Naturaleza
acuden en tropel al bosque,
donde se reúnen para celebrar
El Festival de las Hadas,

y bajo el manto estrellado
entonan gozosos cánticos
y al son de los mismos danzan
hasta casi despuntar el alba.
El resplandor de la hoguera,
el bailoteo de las llamas
queriendo alcanzar la eternidad,
la dama de alabastro
que en lo más alto del cielo
brillaba con intesidad
alimentaban mi fantasía:
Aquellos míticos seres,
cobrando animada vida,
me invitaban a danzar
la prístina Danza Prima.


© María José Rubiera Álvarez 

Mientras dormías...

Desvelada por la voz del aire
que cual cristal quebradizo
porfiada se quebraba
en el nido del carrizo,
en las hojas de los árboles;
desmadejando la trama
que mi pensamiento urdía
–como si de un tapiz se tratase–
anoche, mientras dormías,
te oí hablar en sueños,
y colegí que tu psiquis discurría
por un jardín, del que te sabías dueño.
Recluida en el sigilo
sigilosa me deslicé del lecho
y de puntillas, descalza,
evitando hacer ruido
me aproximé a la ventana:
Enamorado el rocío
de una rosa de mayo
diligente la cubría
con su enmohecido manto;


la Luna se ensombrecía
al verlos amancebarse
y celestina frustrada
pretenciosa presumía
de alcahuetear a los amantes.
Sentí la imperiosa necesidad
de no dejar escaparse
el inefable instante,
de prenderlo en mis cabellos
con prendedores dorados
y mantenerlo prendido
hasta alojarme en tus brazos,
y... justo en ese momento
me sorprendí deseando tus labios.
De no vagar confundido
por áridos universos
te habría sugerido... ¡Ya sabes!

© María José Rubiera Álvarez

Peldaño a peldaño

Deslumbrados por la buhonería
de la Feria de las Vanidades,
cegados por la cimbria
de vestiduras talares,
palpando silencios,
esquivando oquedades,
sorteando agujeros negros,
a tientas, sin pasamanos que avale
la fijación de los balaustres,
peldaño a peldaño vamos ascendiendo
por la escalera del tiempo;
a la zaga, royéndonos los calcaños,
los pretéritos, contabilizando
tristezas, abandonos, omisiones...
"¿Adónde nos conducirá la escalera...?",
nos preguntamos a veces;
intrigados, creyendo ver una luz
donde sólo impera la oscuridad,
elevamos la mirada hacia lo alto
y todo cuanto alcanzamos a ver
es el simulacro de un tragaluz.
Hay días en que rebosando pesimismo,
gustando de flagelarnos la mente,
el alma, el espíritu,
nos decimos que nada nos aguarda
al final de la escalera:
de aguardarnos algo o alguien,
en absoluto sería un mundo
espectacular, prodigioso... feliz;
sino un tenebroso precipicio,
en el cual yacen las horas
que desde el pétreo cantil
al vacío se arrojaron.
Nos, los que hemos de morir,
calculando los peldaños
que nos quedan por subir
seguimos ascendiendo
por la escalera del tiempo...



© María José Rubiera Álvarez



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